Posteado por: Wambo | 19/05/2012

El rostro (Ansiktet), 1958


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Todo comienza con el pasar de un carruaje por un terreno brumoso. De un carruaje que lleva al matrimonio compuesto por el Dr. Vogler (Max von Sydow) y Manda (Ingrid Thulin), su mujer. Un matrimonio que por cierto no es corriente: se trata de artistas. De artistas ambulantes, con rutinas de magia y esas cosas. En su compañía van la abuela y un charlatán de lo más simpático llamado Tubal que también forman parte del grupo itinerante.

La historia comienza a ponerse interesante cuando Vogler y compañía llegan a un pueblo. Llegan como artistas pero son vistos como embusteros y las autoridades del lugar deciden ponerlos a prueba; o mejor dicho, buscan reírse, humillarlos un rato. Entretenerse de lo que creen falso y barato. De gente común. De pobres diablos. Sin embargo, los artistas, tienen mucho que decir.

Las autoridades -o mejor llamarlos inquisidores- son seres duros, racionalistas, incrédulos, burlones. Que reflejan su frivolidad con risas colectivas. Con risas afiladas y casi tan mortales como cientos de espadas que vuelan por los aires. Uno de ellos, el Dr Anders Vergerus, es tajante: son un séquito de patéticos y su lider, el dr. Volger, es un fraude. No le cree nada. Ni sus supuestos poderes como mentalista ni menos su mudez. Con total desprecio y sinceridad le dice: “Solo hay una cosa en usted que me interesa señor Vogler: su anatomía. Me encantaría hacerle la autopsia; pesar su cerebro, abrirle el corazón, investigar un poco su sistema nervioso. Sacarle los ojos”.

Hasta aquí la historia dura de la película. Veamos el otro lado.

El otro lado transcurre en la cocina. Con gente corriente: cocinera, sirvientas, cochero, funcionarios de poca monta. Aquí los artistas son reconocidos, admirados. No con total honestidad pero mejor que nada. En este ambiente Tubal y Simson (el cochero) toman protagonismo. Conocen el amor. Se enamoran y todo gracias a supuestas pócimas afrodisíacas. Vemos a una impecable y bellísima Bibi Andersson interpretando a Sara, una empleada bastante atractiva. Esta segunda trama se presta para el descanso. Resulta cómica, inocente. Bonita. Enternece un poco. Hace la compensación con la desdicha del equipo en la historia dura. Por lo tanto, fácil de digerir y necesaria.

Los integrantes de la compañía de magia

Vamos por parte. Todos fantásticos.

Dr. Vogler. Se trata de un hombre flaco, alto. De aspecto triste y poseedor de un rostro que denota desolación. Con ojos que se proyectan al más absoluto vacío; con manos largas, como si hubieran sido estiradas al igual que se estira un plástico. Bastante lacónico por cierto, callado. Silencioso. Misterioso. Interesante. Un científico que no es tal y que finge ser mudo. Usa peluca, bigotes y barba falsa. De lo más falsa. Albert Emanuel Vogler: la gran revelación.

Manda. Preciosa. Se hace pasar por hombre, por “Mr. Aman”, y cumple la función de ser la ayudante de su marido durante las funciones. En ella se ve no gran cosa. Un personaje algo secundario. Lo interesante podría ser esta idea algo hermafrodita, algo andrógina de ver la belleza de una mujer proyectada en el rostro de un hombre. Más que eso, no mucho.

La abuela. 200 años dice tener y ser una bruja. Hace pócimas de todo tipo con el fin de venderlas a buen precio. Se trata de una vieja astuta como ella sola y por lo demás bastante supersticiosa. Pasa haciendo persignaciones extrañas con las manos, profetizando atrocidades y ese tipo de cosas.

Tubal. Mi favorito. Acá, el charlatán. El cretino. El sinvergüenza. El que no le hace asco a nada. El que no teme al ridículo. El que se denigra con tal de agradar. Al que las burlas le resbalan; embustero por naturaleza, que cree tener todo bajo control y sin embargo dista de tenerlo. Hace de vocero en el equipo y se enamora de la cocinera de la casa, una tal Sofía quien perdió a su marido hace un tiempo razón por la cual el deseo sexual lo hace notar.

Un peliculón

Estamos frente a una joya dentro de la filmografía del sueco Bergman. Increíblemente no muy reconocida pero no por eso poco atractiva. Quedé con la sensación de presenciar un peliculón. Claro que en ningún caso de la altura de El séptimo sello (Ingmar Bergman, 1957) y eso que una buena parte de los actores se repiten.

Pienso que funciona bien como una carta de presentación. Un comienzo, un incentivo para ver el cine de Bergman. En El rostro queda en evidencia la maestría del sueco no sólo en cuanto al increíble guión rico en diálogos profundos y con contenido, sino además en todo lo que respecta a la iluminación. Sencillamente increíble. Pienso que en esto último radica el fino acto de distinción de Bergman: imágenes hermosas, una fotografía espectacular. En definitiva, deslumbrante.

No caeré en lo que caen todos. En comenzar a interpretar todo detalle, todo argumento. Buscar el trasfondo, el sentido, el porqué de la película. Y no lo haré porque no es necesario. Bergman es bastante explícito dentro de lo implícito. Bastante directo dentro de lo indirecto. Sus temáticas son recurrentes: la muerte, qué es real, falsas apariencias, racionalismo vs arte. Toda una amplia gama de ideas condensadas de una manera genial. Mejor dejar el análisis a cada uno. Como una tarea personal. Si no la cosa pierde su encanto. Pero lo que sí diré es que es fundamental prestar atención en un personaje que es absolutamente indispensable para asimilar la película. Se trata de Johan Spegel, un actor caído en desgracia más moribundo que vivo. Dicho esto termino: solo queda verla.

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